La religión evangélica, con más
presencia en México después de la católica, es una comunidad sometida por la
brutalidad de quienes no la toleran en las comunidades rurales. Los despojos,
las expulsiones, los incendios de templos y hasta los asesinatos llenan décadas
de su historia. Hoy abraza la única esperanza que ha visitado en años: una
oficina de enlace con la Presidencia de la República. No es una fábula. Fue una
promesa de Peña Nieto cuando era candidato. Una promesa que no ha sido
cumplida.
Ciudad de México, 29 de marzo
(SinEmbargo).-Como suele ocurrir en las campañas presidenciales, aquella tarde
el candidato hizo una promesa desde un tono firme que no dejó espacio para la
duda. Un viento dócil apenas movía las palmeras en La Hacienda de los Morales y
el rayo de sol tocaba la piel, sin hacer daño. Era 1 de mayo y Enrique Peña
Nieto comía con 40 líderes de denominaciones de las iglesias cristianas
evangélicas de la República.
Los representantes de las agrupaciones
no católicas con mayor presencia en el país habían sido convocados por la
entonces Diputada del Partido Verde, Rosario Brindis, quien fungía como vínculo
entre congregaciones religiosas y la campaña priista.
“Yo me comprometo a que, si llego a ser
Presidente, habrá un enlace en Los Pinos con las iglesias evangélicas”, lanzó
Peña Nieto al tomar el micrófono.
Luego, fiel a su costumbre de notariar
sus compromisos, preguntó: “¿Dónde firmo?”
Quienes lo escuchaban coincidieron. Se
dejó oír una respuesta unánime y espontánea:
“Estamos entre caballeros. No, no, no. No es
necesario firmar nada”.
Se volvió a oír una respuesta unánime:
un aplauso. Una foto grupal selló el pacto.
La gráfica repoduce a un candidato de
sonrisa leve, con las manos en las rodillas, en el centro de los líderes
evangélicos del país.
Compromiso… incumplido. Foto: Especial
Esta es la historia de una promesa
–acaso la única- no firmada por Peña Nieto ante Notario Público. Esta es la
historia de una promesa no cumplida.
En enero de este año, los líderes de
las iglesias evangélicas –con unos 10 millones de fieles en el país- vieron con
curiosidad que los funcionarios a cargo de la regulación de las asociaciones
religiosas fueron nombrados en el gabinete ampliado y una vez más, ellos habían
quedado sin representación.
Dos puestos clave en las instancias
encargadas de la problemática de las asociaciones religiosas del país fueron
otorgados a profesionales de la Universidad Panamericana; es decir, con
formación católica. En la Dirección de Ministros de Culto fue nombrado Abraham
Madero Márquez y la subdirección de Enlace había quedó a cargo de Celina
Cosette García Rodríguez. Y en el resto del directorio, ningún perfil relacionado
con los evangélicos.
“Sin conocedores de la problemática de
las religiones no católicas en el Gobierno Federal, el Estado laico se
tambalea”, resume Óscar Moha, uno de los dirigentes pastorales y estudioso de
de los derechos humanos en conflictos de intolerancia religiosa en el país, al
recordar los nombramientos.
De la oficina de enlace, la prometida
por Peña Nieto el 1 de mayo en La Hacienda de los Morales, no había noticias.
Ni visos, ni nada. De modo que los dirigentes evangélicos decidieron enviar una
carta a Los Pinos para pedir el cumplimiento de la promesa de campaña. En su
misiva, propusieron al Pastor Manuel Guzmán Pérez, del grupo Unánimes por
México, como enlace nacional entre su Pueblo y el Gobierno Federal.
La Presidencia turnó la petición a la
Dirección de Asuntos Religiosos de la Secretaría de Gobernación y la respuesta
llegó en una carta sellada con el número AR-01/1255/2013 y firmada por Arturo
Díaz de León, director general de Asociaciones Religiosas, con fecha del 30 de
enero de 2013:
“En particular, le refiero que dentro de las
atribuciones encomendadas legalmente a la Dirección General de Asociaciones
Religiosas no se encuentra la de designar como enlaces para el Gobierno
Federal, a personas de ningún sector de la población, inclusive del religioso,
siendo que esta Unidad Administrativa únicamente se encuentra facultada para
tomar nota de los nombramientos, separación o renuncia de representantes,
ministros de culto y asociaciones al interior de las Asociaciones Religiosas debidamente
registradas ante la Secretaría de Gobernación; lo anterior, de conformidad al
artículo 26 de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público y el artículo
17 de su Reglamento”.
¿DE QUÉ HABLARON LOS EVANGÉLICOS?
La tarde del 1 de mayo, 40 líderes
denominacionales de las iglesias cristianas evangélicas de México contaron
historias, muchas historias que compartían un ingrediente: la sangre. Porque
las expulsiones, los despojos, los incendios, las batallas cuerpo a cuerpo, a
machete limpio o bala llenan la línea de tiempo de su presencia en México.
En los años 80, el panorama ya era
arisco. Se empezó a conocer de niños expulsados de las escuelas, de pastores
emboscados, o casas y templos aniquilados por el fuego. Ante el caleidoscopio
de crueldad, los gobiernos no hacían nada. Pero el drama era más complicado que
un acto de impunidad porque, de hecho, ninguna autoridad estaba facultada para
dirimir los conflictos por intolerancia religiosa.
Poco a poco, se hizo presente algo
nuevo, más fuerte; algo que asustaba más: pueblos enteros de indígenas
expulsados en batallas que duraban días. En Oaxaca, 400 evangélicos
constituyeron una nueva localidad llamada Pueblo Nuevo en 1992, después de que
fueron obligados a dejar el municipio zapoteco de San Miguel Aloapan, en el
Istmo de Tehuantepec.
Ese mismo año, con la promulgación de
la Ley de Asociaciones Religiosas, el Estado mexicano reconoció la presencia de
las iglesias evangélicas en el país. Algunos conflictos de intolerancia
empezaron a ser desenmarañados.
Hasta 2011 la Comisión Nacional de
Derechos Humanos tuvo una oficina que atendió a víctimas de este problema
encajado en México. Pero, a veces, el tiempo parece retroceder y desde 2013,
esa instancia ya no existe, y en el catálogo de grupos vulnerables ya no se
encuentra a los evangélicos.
La madeja de violencia por diferencia
de credo en México continúa y encierra a muchos responsables, pero todos,
invisibles. En este pedazo de realidad –en el que miles de hombres y mujeres
son víctimas de violación de derechos humanos- no está presente el crimen
organizado y sin embargo, la sangre también es el eje central. Y muchas veces,
el desenlace es la muerte.
El pasado sexenio, el de Felipe
Calderón, concluyó con 200 pleitos sin dirimir, según la Organización no
Gubernamental “A favor de la Libertad Religiosa”. Esta organización tiene la
prueba de 32 incendios de templos y a los evangélicos que resultaron despojados
de sus tierras los calcula en más de 700.
El Reporte Internacional sobre
Libertad Religiosa que elabora el gobierno de Estados Unidos cada año desde
1998, indica que en una década, el capítulo que concierne a México no ha
cambiado. “Los gobiernos federal, estatal y municipal respetan la libertad
religiosa, pero continúa la intolerancia y discriminación contra profesantes de
religiones no mayoritarias, particularmente los evangélicos”, es el enunciado
invariable.
El mapa de esta intolerancia muestra
focos rojos en Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Hidalgo Michoacán y Puebla. Las
historias, pequeñas o grandes, al final corresponden a una guerra que pretende
ser santa o en la que la fe es la motivación. Está la de aquella noche de
septiembre de 2011 en Ixmiquilpan, Puebla, cuando 200 hombres y mujeres se
congregaron afuera de la capilla de San Isidro Labrador y en pocos minutos, se
hicieron turba. Al frente estaban el sacerdote Ascensión Benítez González y el
presidente auxiliar Antonio García Ovalle.
La exigencia, en medio de la noche,
sonaba clara: que los evangélicos se fueran del pueblo. Les dieron hasta el 12
de septiembre de 2011. Y surgió un grito: “¡Los vamos a crucificar!”. Todo
quedó asentado en el expediente 1295/2011, interpuesto por la Iglesia
Evangélica ante el Ministerio Público del municipio.
Ese mismo año, cincuenta familias de
esa religión dejaron Tlanalapan, Puebla. No lo hicieron por gusto, sino porque
cien personas emitieron un documento en el que proclamaron a la religión
católica como única en ese municipio después de años de enfrentamientos.
Para solucionar el enfrentamiento, la
Secretaría General del Gobierno del estado firmó el “Acuerdo por la Paz Social
y la Gobernabilidad”. Hubo dos puntos de acuerdo principales: La reubicación
del templo de los evangélicos y la remoción del párroco católico.
También está la historia de Otilia
Corona Chávez, de San Nicolás Ixmiquilpan, Hidalgo. Sus restos permanecieron
sepultados en el patio de su casa durante cuatro años. La autoridad le negó el
panteón municipal. Era 2008 y si Otilia debía ser enterrada en el panteón fue
discusión de un día en San Nicolás. Líderes católicos y evangélicos dialogaron
ante representantes de la Dirección de Asuntos Religiosos. El acuerdo fue
enterrarla en cualquier otro sitio. En el panteón municipal, no. Lo que siguió
para los parientes fue sólo inquietud. En diciembre del año pasado lograron la
sepultura junto a los otros muertos del pueblo.
En 2007, la muerte atrapó a Lorenzo
López López, un pastor que visitó la comunidad de Jomalhó, San Juan Chamula,
acompañado de dos familiares para saldar una deuda. Lo señalaron de predicar
casa por casa. Lo ataron a la parte trasera de una camioneta. Sus familiares
huyeron. Después lo encontraron enterrado en uno de esos parajes.
Por estas historias y otras, los
pastores evangélicos se animaron a solicitar una oficina de enlace con la
Presidencia de la República.
VOTOS PARA PEÑA NIETO
Su presencia en el país cada vez es
mayor. De acuerdo con el Censo de Población y Vivienda del Instituto Nacional
de Estadística, Geografía e Informática (Inegi), la iglesia evangélica ha
crecido en forma exponencial a partir de 1990. Ese año, 4.9 por ciento de los
encuestados dijo ser integrante de esa religión, para 2000 la cifra era de 5.2
y en 2010, 7.6 por ciento de los mexicanos admitió profesar esa creencia. Pero
de acuerdo con los propios evangélicos que hablan para este texto, hay diez
millones.
Es una cifra lejana a la de los
católicos que alcanzan los 93 millones. Aunque, contrario a la curva de
crecimiento de los evangélicos, el porcentaje del catolicismo va en descenso,
según admite la Arquidiócesis de México en un documento dado a conocer en marzo
del año pasado en las vísperas de la visita de quien fuera Papa, Benedicto XVI:
en la última década, la población católica cayó de 88 por ciento a 83.9.
Cada vez más notorios, en la pasada
contienda electoral los evangélicos asomaron sus rostros a la política. Desde
el estrado de los templos, los pastores conminaron a votar. Integrantes de esta
iglesia asistieron a por lo menos 200 eventos de Enrique Peña Nieto, según
documentos en manos de SinEmbargo.
Una vez pasadas las elecciones, un
estudio de su tendencia de voto, realizado por la oficina de Rosario Brindis
–el vínculo con Peña Nieto durante la campaña- indicó que de 10 millones de
evangélicos, 6.3 tuvieron posibilidad de sufragar y 4.3 lo hicieron por el
candidato de la coalición del PRI-PVEM.
Incluso, algunos “coyotes cristianos”,
como los llama el dirigente Óscar Moha, penetraron en las congregaciones, los
templos o pequeños grupos recién organizados en torno a la fe evangélica para
ofrecer material de construcción a cambio de listas de electores que
comprometieran su voto.
Este trueque ocurrió a lo largo del
país, pero el proyecto Daniel en Jalisco se convirtió en emblema. Un pastor
identificado como Albino Galván ofreció 47 mil 200 empleos a cambio del
compromiso del voto a favor de Peña Nieto y en un evento público le entregó
listas de credenciales de electores a Aristóteles Sandoval, en ese momento
candidato al gobierno del estado (como publicó Sin Embargo el 11 de julio de
2012).
Otros, lo hicieron con convicción.
Peña Nieto fue el único candidato que se acercó a ellos de manera pública. En
Villahermosa, Tabasco, mientras se celebraba una reunión de pastores, el
suspirante tenía una reunión en el parque central y en un acto espontáneo, se
desprendió del evento para ir a saludar de mano a cada uno de los evangélicos.
EL PRESIDENTE CATÓLICO
Las cosas han cambiado. Evangélicos
entrevistados en todo el país coinciden en que para aliviar la intolerancia, la
oficina de enlace es una esperanza, la única que han abrazado en décadas. Pero
cada vez, tienen menos elementos para pensar que se constituirá.
Los evangélicos consideran que el
perfil del Presidente dibujado en el terreno de la fe es nítidamente católico.
Creen que ello, como en el pasado, los puede dejar en la marginación.
Según el investigador Bernardo
Barranco, presidente del Centro de Estudio de las Religiones de México, las
señales que hasta ahora ha enviado el Presidente es que el país está, en
efecto, ante un Presidente católico.
El pasado 19 de marzo, en la asunción
de Jorge Mario Bergoglio como nuevo Papa, Enrique Peña Nieto se convirtió en el
primer mandatario emanado del PRI en atender una misa con investidura de
estadista.
Jamás fue de otro modo. Todos sus
biógrafos lo vinculan a la religión católica. En varios libros ha quedado
asentado que en Atlacomulco, sus padres, María del Perpetuo Socorro Ofelia
Nieto Sánchez y Enrique Peña del Mazo, acudían junto con sus hijos cada semana
a misa.
Los títulos académicos de Enrique Peña
Nieto se encuentran en instituciones confesionales, desde el Colegio Plancarte
de Atlacomulco, de las monjas de la orden Hijas de María Inmaculada de
Guadalupe, hasta la Universidad Panamericana donde cursó Derecho.
Su árbol genealógico se ramifica hacia
dos obispos. Por un lado Maximino Ruiz y Flores (1875-1949), doctor en teología
dogmática y gobernador de la Curia Metropolitana y por el otro, Arturo Vélez,
el primer obispo de Toluca.
Como Gobernador del Estado de México,
Peña Nieto formó una oficina especializada de enlace y atención para los 14
obispos católicos mexiquenses, a cargo de Roberto Herrera Mena. A través de
esta instancia les brindó atención especial, incluso con aeronaves para sus
traslados.
En 2009, Peña visitó al papa Benedicto
XVI para presentarle con grandes reflectores a su futura esposa Angélica
Rivera. Y cuando el renunciado pontífice visitó Silao, Guanajuato, en marzo de
2012, Enrique Peña Nieto atendió su misa.
LA FOTO FINAL
Celebrativos, unidos por un pacto de
caballeros, Peña Nieto y los líderes evangélicos se tomaron una foto el 1 de
mayo de 2012 en La Hacienda de los Morales. Con excepción de dos, los pastores
aparecen en traje, pero sin corbata. Rosario Brindis les había pedido
formalidad. Pero cuando Enrique Peña Nieto estaba por llegar, alguien les
solicitó relajarse. “Es mejor que se quiten la corbata”, les dijo.
Había una noticia: el candidato iba
con chamarra y pantalones negros, en el llamado estilo “sport”.
La mayoría hizo caso; pero Abner
López, de la Sociedad Bíblica de México, dijo algo que instaló en el ambiente
un poco de desesperanza: “Yo no me quito la corbata, y no creo que aquí vaya a
pasar algo importante”.
Fuente: Por: Linaloe R. Flores - marzo
29 de 2013, De revista, México, TIEMPO REAL Último minuto
Celebrativos, unidos por un pacto de
caballeros, Peña Nieto y los líderes evangélicos se tomaron una foto el 1 de
mayo de 2012 en La Hacienda de los Morales. Con excepción de dos, los pastores
aparecen en traje, pero sin corbata. Rosario Brindis les había pedido
formalidad. Pero cuando Enrique Peña Nieto estaba por llegar, alguien les
solicitó relajarse. “Es mejor que se quiten la corbata”, les dijo.
Había una noticia: el candidato iba
con chamarra y pantalones negros, en el llamado estilo “sport”.
La mayoría hizo caso; pero Abner
López, de la Sociedad Bíblica de México, dijo algo que instaló en el ambiente
un poco de desesperanza: “Yo no me quito la corbata, y no creo que aquí vaya a
pasar algo importante”.
Fuente: Por: Linaloe R. Flores - marzo
29 de 2013, De revista, México, TIEMPO REAL Último minuto

